El títere como instrumento lúdico y didáctico ofrece una perspectiva singular sobre las relaciones de poder, la opresión y las formas de resistencia dentro de las estructuras coloniales. A lo largo de la historia, los títeres han sido utilizados ya sea como medios de expresión popular y/o como herramientas de subversión, ya que permiten a los titiriteros jugar con representaciones simbólicas de figuras de autoridad, política y culturas dominantes. En muchas ocasiones, el títere ha servido para realizar críticas sociales, dando voz a los que han sido silenciados por las estructuras coloniales.
Bajo una visión decolonial, el uso de los títeres puede ser visto como una forma de resistencia cultural, ya que permite a las comunidades recuperar narrativas propias y subvertir las imposiciones coloniales.
Los títeres, al ser manipulados por quienes controlan el espacio y el discurso, pueden convertirse en un vehículo para deshacer las lógicas coloniales de poder, de una manera más accesible, directa y lúdica. Además, al tratarse de figuras pertenecientes a un mundo imaginario, los títeres pueden facilitar el distanciamiento entre el títere y la realidad, que permite una crítica más libre y creativa a las normas sociales y políticas impuestas.
En este sentido, el arte de los títeres en los estudios decoloniales puede servir para explorar cómo las sociedades colonizadas han utilizado diversas formas de arte popular, como el teatro de títeres, para crear una contra-narrativa que cuestiona el orden establecido y afirman identidades y culturas propias.
En este caso y a manera de caso de estudio se busca desglosar las características del personaje de Lucelly, como una propuesta de títeres que busca visibilizar la importancia de dar voz a las niñas, a partir de la creación de la compañía Teatro ExPreSS sobre la obra: "Tengo un monstruo en el bolsillo” de Graciela Montes. En dónde la mirada colonial sobre las niñas, sus sentimientos y la importancia de expresarlos se vuelven el tema central.
La Obra
El texto de Graciela Montes “Tengo un monstruo en el bolsillo” fue parte de una colección de obras literarias para niñeces en edades lectoras, que editó la Secretaría de Educación Pública de México en el año 1995. Una colección llamada los libros del rincón, que eran libros que obligatoriamente se ubicaban dentro del salón de clases de las primarias públicas del país. El mensaje de obra ya rompía parámetros establecidos (antes de obtener el texto dramático) :
El personaje principal es una niña de nueve años que a manera de diario cuenta sus vivencias. La autora busca darle voz a las niñas (acaso pre-adolescentes) en la que nos muestra los primeros sentimientos de amor hacia otro personaje de su edad, la importancia del diálogo en el entorno familiar, incluso fomentado por el padre, rompiendo roles de género.
Posteriormente al convertirse en un texto dramático por parte de la compañía Teatro ExPreSS, se resaltan las siguientes situaciones que dan cuenta de la visión decolonial sobre el personaje y la obra en general:
El personaje imaginario (el monstruo) es la metáfora hacia aquello que nos sucede y no hablamos (por pena, miedo, y porque así hemos sido educadas desde una visión patriarcal) como lo plantean en la obra porque “el monstruo” va creciendo alimentado por el silencio (y otras cosas) y en dónde la única forma de hacerlo pequeño es hablando de él, es decir hablando del problema.
La obra cuenta con la protagonista de la obra: Lucelly y en torno a ella los personajes que acompañan sus historias: mamá, papá, abuela, profesora, Daniela y Verónica. Siendo casi una absoluta visión femenina. Busca el rompimiento de la cuarta pared y propicia aún más un acercamiento natural con el público, en dónde la reflexión se vuelve grupal y una vez más se le da voz al pensamiento de los espectadores. Se resalta en el personaje de la abuela la importancia de escuchar a las personas mayores, a fomentar entre las familias el poder dedicar el tiempo de calidad a las niñeces, escuchandoles, combatiendo con la cultura de la prisa, del consumismo y de la falta de diálogo en el entorno familiar, muchas veces ignorado por el mundo digital en el que vivimos actualmente.
Dentro de la obra otro guiño descolonizador, por llamarlo de alguna manera, se observa a través de lo que Walter Mignolo explica sobre la estética, como ciencia de la belleza que “colonizó” la facultad de percepción sensorial. Precisamente la palabra griega aisthesis , de donde proviene la palabra estética, hace referencia a la facultad de percibir y sentir, en este caso la obra rompe con parámetros establecidos (dibujos realizados genuinamente por niñeces de 6 años, diferencias de escalas etc) Igualmente el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel llamó el “mito de la Modernidad”, los orígenes de la estética (y del Arte como cuestión práctica) en dónde busca visibilizar cómo se excluyeron las historias y creaciones de otras poblaciones.
The puppet in the decolonial studies (part 1)
Puppetry as a playful and didactic tool offers a unique perspective on power relations, oppression and forms of resistance within colonial structures. Throughout history, puppets have been used either as a means of popular expression and/or as tools of subversion, as they allow puppeteers to play with symbolic representations of authority figures, politics and dominant cultures. On many occasions, puppetry has served as a means of social critique, giving voice to those who have been silenced by colonial structures.
Under a decolonial vision, the use of puppets can be seen as a form of cultural resistance, as it allows communities to recover their own narratives and subvert colonial impositions.
Puppets, when manipulated by those who control space and discourse, can become a vehicle to undo colonial logics of power, in a more accessible, direct and playful way. Moreover, as figures belonging to an imaginary world, puppets can facilitate the distancing between puppet and reality, which allows for a freer and more creative critique of imposed social and political norms.
In this sense, puppet art in decolonial studies can serve to explore how colonized societies have used various forms of popular art, such as puppet theater, to create a counter-narrative that questions the established order and affirms their own identities and cultures.
In this case and as a case study, we seek to break down the characteristics of Lucelly's character, as a puppet proposal that seeks to make visible the importance of giving a voice to girls, based on the creation of the Teatro ExPreSS company on the play: "I have a monster in my pocket" by Graciela Montes. Where the colonial gaze on girls, their feelings and the importance of expressing them become the central theme.
The text by Graciela Montes “I have a monster in my pocket” was part of a collection of literary works for children of reading ages, published by the Ministry of Public Education of Mexico in 1995. A collection called the corner books, which were books that were obligatorily located within the classroom of the country's public primary schools. The message of the work already broke established parameters (before obtaining the dramatic text):
The main character is a nine-year-old girl who recounts her experiences as a diary. The author seeks to give a voice to girls (perhaps pre-adolescents) in which she shows us the first feelings of love towards another character their age, the importance of dialogue in the family environment, even encouraged by the father, breaking gender roles.
Later, when it became a dramatic text by the Teatro ExPreSS company, the following situations are highlighted that reflect the decolonial vision of the character and the work in general:
The imaginary character (the monster) is the metaphor for what happens to us and we do not talk about (out of sadness, fear, and because we have been educated from a patriarchal vision) as stated in the play because “the monster” grows fed by silence (and other things) and where the only way to make it small is by talking about it, that is, talking about the problem.
The play features the protagonist of the play: Lucelly and around her the characters that accompany her stories: mom, dad, grandmother, teacher, Daniela and Veronica. Being almost an absolute feminine vision. Seeks to break the fourth wall and encourages even more a natural approach with the audience, where reflection becomes group and once again gives voice to the thoughts of the spectators. The grandmother's character highlights the importance of listening to the elderly, to encourage families to devote quality time to children, listening to them, fighting the culture of haste, consumerism and lack of dialogue in the family environment, often ignored by the digital world in which we live today.
Within the work, another decolonizing nod, so to speak, is observed through what Walter Mignolo explains about aesthetics, as a science of beauty that “colonized” the faculty of sensory perception. Precisely the Greek word aisthesis, from which the word aesthetics comes, refers to the faculty of perceiving and feeling, in this case the work breaks with established parameters (drawings genuinely made by 6-year-old children, differences in scales, etc.) Likewise, the Argentine-Mexican philosopher Enrique Dussel called the “myth of Modernity”, the origins of aesthetics (and of Art as a practical matter) where he seeks to make visible how the stories and creations of other populations were excluded.